«Estar en la Catedral fue una distinción»: Mons. Salvador González

Mons. Salvador González aseguró que, cuando el cardenal Carlos Aguiar Retes le pidió al inicio de su servicio como obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México estar en su Catedral, fue una sorpresa y, por otro lado, un temor; no obstante, ha sido una gran distinción: «El que me haya permitido estar presente en la Catedral ha sido para mí una bendición».

El obispo electo de Cancún-Chetumal —nombrado por el Papa León XIV el 6 de diciembre y quien se desempeñó durante casi siete años como obispo auxiliar, vicario general y moderador de la Curia, además de acompañar al Cabildo Metropolitano de la Ciudad de México— agradeció el camino recorrido con los vicarios episcopales, calificándolo como un aprendizaje para el trabajo de misión en las zonas pastorales.

«Tengo la claridad de que, aunque estaré físicamente lejos de esta arquidiócesis, seguiré siempre unido espiritualmente a esta Iglesia particular, donde he podido servir y donde he aprendido a dar», expresó.

Durante la Santa Misa convocada por la VIII Vicaria, en la que estuvo presente parte del Cabildo Metropolitano, se agradeció el ministerio y acompañamiento de Mons. Salvador González. El prelado nació en la Ciudad de México el 20 de diciembre de 1971 y se formó en el Seminario Conciliar de México. Fue ordenado sacerdote el 18 de mayo de 2002 en la Basílica de Guadalupe.

En su trayectoria, se ha desempeñado como secretario general y vicerrector del Seminario Conciliar de México. También coordinó programas académicos en la Universidad Pontificia de México y en la Universidad Católica Lumen Gentium. Fue capellán en la Basílica de Guadalupe y ejerció como vicario y administrador parroquial en San Bernardino de Siena, Xochimilco.

En febrero de 2019, el Papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, recibiendo la ordenación el 25 de marzo de ese mismo año. Posteriormente, asumió las funciones de vicario general y moderador de la Curia, además de representar al cardenal Carlos Aguiar Retes ante el Cabildo de la Catedral de México. Finalmente, el pasado 6 de diciembre, fue designado por el Santo Padre como obispo de Cancún-Chetumal.

Homilía completa de Mons. Salvador González

Por tu pueblo, Señor, acuérdate. ¡Qué bonita oración!

Como una forma de corresponderle al Señor que nos regala su Palabra, el próximo lunes estaremos cumpliendo siete años desde que el Papa Francisco nos nombró a don Carlos Samaniego y a un servidor como obispos auxiliares para la Arquidiócesis de México.

Justamente al cumplirse esos siete años, dentro de ocho días, dejará la ciudad para llegar a Cancún. 

Don Carlos Aguiar me pidió, al inicio de este servicio como obispo auxiliar de la  Arquidiócesis Primada de México, estar aquí en su Catedral, y para mí fue, por un lado, una sorpresa; por otro, un temor, pero también lo he sentido como una gran distinción. El que me haya permitido estar presente en la Catedral, para mí ha sido una bendición. 

Hoy no puedo sino agradecer a Dios por esta oportunidad y, al mismo tiempo, por caminar con los vicarios episcopales, el padre Arturo; después con el padre Federico y ahora con el padre Carballo, a quienes de verdad les tengo un gran aprecio, porque ellos son quienes han llevado adelante la misión en estas zonas pastorales. Caminando con ustedes, queridos hermanos aprendí mucho.

¿Qué decir en esta Eucaristía además de gracias? Como hemos mencionado, me parece que la Palabra que el Señor nos regala nos lleva a considerar a esa mujer a quien el mismo Señor Jesús le reconoce su fe: una mujer pagana, una mujer sirofenicia que le suplica, no por ella misma, sino por su hija, que está endemoniada. Y el Señor se admira de su fe y le dice: “Por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.

Creo que siempre que escuchamos estos textos no podemos sino pedirle al Señor que fortalezca constantemente nuestra vida, que nuestra fe nos mantenga siempre renovados. Y quisiera aquí poner en comparación al otro personaje del que habla la Escritura: aquel que, habiendo envejecido, permitió que su corazón ya no perteneciera al Señor; que, al envejecer, no se mantuvo plenamente fiel; que desobedeció al Señor.

Ojalá que a ninguno de nosotros, fieles del Señor, nos suceda envejecer en nuestra relación con Dios; que al envejecer nuestro corazón ya no le pertenezca, que nuestra fidelidad no esté con Él y que nos volvamos en contra suya. Más bien, ojalá que siempre nos mantengamos nosotros, presbíteros, ancianos en la fe por la sabiduría, porque somos capaces de salir siempre a buscar a Jesús, como lo ha hecho esta mujer; que nos postremos siempre a los pies del Señor y que le roguemos con toda confianza.

Tengo la claridad de que, aunque estaré físicamente lejos de esta Arquidiócesis, seguiré siempre muy unido espiritualmente a esta Iglesia particular, donde he podido servir y donde he ido desgastando la vida en este tiempo, y donde he aprendido a dar.

Y creo que lo he aprendido de cada uno de ustedes, hermanos sacerdotes. Son un testimonio de entrega generosa. Me invito a mí mismo y los invito a ustedes a ser presbíteros sabios, profundos en la fe, y a no dejar nunca que el ministerio que hemos recibido como un regalo maravilloso envejezca; que nunca alejemos del Señor nuestro corazón; que nunca caigamos en la infidelidad y la desobediencia.

Un ministerio envejecido pierde su fuerza; en cambio, un ministerio siempre fuerte en la fe mantiene la lozanía y la alegría del servicio. Nuestra Arquidiócesis lo necesita.

Gracias de verdad por su testimonio; gracias por su oración. Tengan la certeza de que también mi humilde oración los acompaña y los tiene siempre presentes.