El Miércoles de Ceniza en la Catedral

La mañana del Miércoles de Ceniza, la Catedral Metropolitana de México amaneció envuelta en un silencio distinto. Desde temprano, filas de fieles avanzaban con paso pausado hacia el altar, mientras el olor del aire anunciaba el inicio de la Cuaresma.

Luego en la celebración de la Santa Misa de las 9:30, celebrada por el M.I. Sr. Cango. José Antonio Carballo, rector de la Catedral Metropolitana, proclamó la Palabra de Dios recordando que la conversión es hoy, para después bendecir las cenizas que serían impuestas a los fieles: “Pidamos humildemente a Dios Padre que bendiga con su gracia esta ceniza que, en señal de penitencia, vamos a imponer sobre nuestra cabeza”.

El templo guardó un breve y profundo silencio. Manos entrelazadas, miradas bajas, corazones atentos. Luego, con las manos extendidas sobre el recipiente que contenía la ceniza —signo de fragilidad y conversión—, el sacerdote continuó:

“Señor Dios, que te apiadas de quien se humilla y te muestras benévolo para quien se arrepiente, inclina piadosamente tu oído a nuestras súplicas y derrama la gracia de tu bendición sobre estos siervos tuyos, que van a recibir la ceniza, para que, perseverando en las prácticas cuaresmales, merezcan llegar, purificada su conciencia, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos”.

Un “Amén” firme y unánime resonó en la Catedral. Acto seguido, roció la ceniza con agua bendita, lo que era polvo se convertía en signo de gracia.

Uno a uno, niños, jóvenes, adultos mayores, familias completas y trabajadores que hicieron una pausa en su jornada se acercaron para recibir la cruz en la frente. Algunos cerraban los ojos; otros dejaban escapar una lágrima. La ceniza, ligera como el polvo, marcaba el inicio de un camino interior: conversión, penitencia y esperanza.

Así, entre la solemnidad litúrgica y la fe sencilla del pueblo, la Catedral volvió a recordar que la Cuaresma no comienza con un gesto externo, sino con un corazón dispuesto a volver a Dios.